¿Cuántos días faltaste al trabajo por dolor menstrual? Esa es la pregunta equivocada.

Probablemente pocos. O ninguno. Porque la mayoría no falta: llega igual, se sienta, y funciona como puede.

Y eso, resulta, es exactamente el problema.

Cuando se habla del impacto del dolor menstrual en el trabajo o en el estudio, la conversación siempre termina en el mismo lugar: el ausentismo. Los días que no se va. Las reuniones que se pierden. Las justificaciones que hay que inventar. Pero hay una dimensión del problema que es mucho más grande, mucho más común, y que casi nunca se mide: lo que pasa cuando sí se va, pero el cuerpo no está del todo ahí.

Eso tiene nombre. Se llama presentismo. Y los números son bastante más elocuentes que los del ausentismo.


El estudio que lo pone en números

En 2019, investigadores holandeses encuestaron a casi 33.000 mujeres de entre 15 y 45 años sobre cómo el dolor menstrual afectaba su rendimiento laboral y académico. Lo que encontraron fue esto: solo el 13,8% reportó haber faltado durante su período. Pero el 80,7% dijo haber ido igual, sintiéndose mal, con una caída promedio del 33% en su productividad. Traducido, eso son casi 9 días de trabajo perdido por persona al año, sin que nadie los registre, sin que nadie los cuente, y sin que nadie lo sepa.

Nueve días. Cada año. Por persona. En silencio.

El ausentismo es visible. Genera un registro, una ausencia, a veces una conversación incómoda con el jefe. El presentismo no genera nada. Nadie pregunta. Y la persona que está sentada ahí, apretando los dientes, sigue siendo responsable de todo lo que tenía que hacer ese día.


Lo que se dice y lo que no

El mismo estudio preguntó qué les decían a sus empleadores o profesores cuando sí faltaban. Solo el 20% dijo la verdad. El resto mencionó un síntoma genérico, no explicó nada, o directamente usó otra excusa.

No es difícil entender por qué. El dolor menstrual lleva décadas siendo tratado como algo que se exagera, que es privado, o que simplemente no es relevante para el contexto laboral. En ese ambiente, decir "no voy porque me duele el período" se siente como una declaración que hay que justificar, no como una razón que se entiende sola.

El 67,7% de las mujeres encuestadas dijo que quería mayor flexibilidad en sus horarios y tareas durante su período. No pedían más días libres. Pedían poder funcionar de una forma que reconociera lo que estaba pasando en su cuerpo.


El costo, en plata

Si el costo individual ya dice algo, el colectivo dice bastante más. Un estudio publicado en 2026 en el Australian Journal of Social Issues calculó que las pérdidas de productividad por síntomas menstruales —principalmente dolor y sangrado abundante— le cuestan a la economía australiana alrededor de 14 mil millones de dólares al año. Por persona, el número llega a los 7.000 dólares anuales en productividad no realizada.

Australia tiene su escala, pero la lógica aplica igual en cualquier país donde haya personas que menstrúan y que trabajen o estudien mientras lo hacen. Que es, básicamente, todo el mundo.

En Chile, un estudio del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género junto a SernamEG y Academia La Tribu, publicado a inicios de 2026, encontró que el 66% de las mujeres reporta dolor antes o durante el período. El 63% ha dejado de participar en actividades sociales por sus síntomas. Y el 70% experimenta baja energía, ansiedad, irritabilidad o cansancio durante la fase premenstrual, con efectos concretos en su desempeño laboral y académico.

Son cifras que describen algo masivo. Que ocurre todos los meses. Y que en la mayoría de los espacios de trabajo o estudio no existe como tema.


Empieza antes, igual

Otra cosa que los números sobre ausentismo no logran capturar: el período no duele solo cuando llega. Para muchas personas, los síntomas aparecen días antes, en la fase premenstrual. La concentración baja. La energía fluctúa. El umbral del dolor cambia.

Eso no cabe en ninguna categoría administrativa. No es "el día que faltaste". Es un patrón que se repite cada mes, que varía, y que requiere una adaptación constante que casi ninguna institución reconoce.

Algunos países han legislado al respecto. Japón, Corea del Sur, España e Italia tienen alguna forma de permiso menstrual. En Chile el debate existe en el Congreso hace años, sin resolución. El ginecólogo Enrique Oyarzún, de la Universidad Católica, ha señalado que entre el 10% y el 15% de las mujeres tiene limitaciones serias para realizar sus actividades durante el período, y que en cerca de un 10% de los casos el malestar es tan intenso que genera ausentismo. Esas son las personas que hoy usan días de vacaciones, piden licencias generales, o simplemente van igual.


Lo que ningún número mide

Hay un costo que no aparece en ningún estudio de productividad: el de tener que hacerse la que está bien. Llegar, instalarse, responder correos, entrar a reuniones, y que nadie note nada, porque si algo nota, hay que explicarlo, y explicarlo es agotador.

Eso ocurre. Todos los meses. Y no deja registro.

Entonces quizás la pregunta no es cuántos días faltaste al trabajo por dolor menstrual. La pregunta es cuántos días fuiste, y cuánto te costó estar ahí.


Fuentes: Schoep et al., BMJ Open (2019); O'Shea & Armour, Australian Journal of Social Issues (2026); Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género / SernamEG / Academia La Tribu (2026); Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Asesoría Técnica Parlamentaria sobre permiso menstrual (2023).

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