La vida después de la reproducción: menopausia, animales y el conflicto con nuestra cultura

La menopausia es uno de esos procesos del cuerpo que, aun siendo profundamente naturales, se viven con dificultad. No porque sean raros, ni porque representen una falla biológica, sino porque ocurren en fricción con la cultura en la que estamos inmersas. Una cultura que valora la continuidad, la productividad constante, la juventud sostenida y la funcionalidad visible, y que tiene muy poco lenguaje para nombrar las transiciones que no producen algo nuevo, pero sí transforman de manera radical.

Desde la biología, la menopausia no es una enfermedad. Es el cese definitivo de la función reproductiva femenina como parte del envejecimiento natural del sistema ovárico. Sin embargo, en la experiencia contemporánea, suele ser abordada como un problema a manejar: una etapa asociada a síntomas, desequilibrios hormonales, pérdida de vitalidad o cambios incómodos que hay que corregir. La pregunta de fondo no es solo médica, sino cultural: ¿por qué algo tan intrínseco al cuerpo femenino resulta tan difícil de integrar?

Para ampliar esta mirada, resulta útil salir del marco humano y observar qué ocurre en otras especies.

Durante mucho tiempo se asumió que la menopausia era prácticamente exclusiva de los humanos. Hoy sabemos que esta afirmación es, al menos, incompleta. Pero antes de avanzar, es necesario hacer una precisión clave: no todos los animales menstrúan, por lo que no siempre es correcto hablar de “menopausia” en el mismo sentido humano.

La menstruación es un fenómeno poco común en el reino animal. Se da solo en algunas especies, como los humanos, ciertos primates y algunos murciélagos. En la mayoría de los mamíferos no existe sangrado menstrual. Por eso, cuando se estudia el cese reproductivo en animales, el concepto más adecuado es oopausia o senescencia ovárica: el momento en que los ovarios dejan de liberar óvulos de forma permanente.

La distinción no es menor, pero tampoco cambia lo esencial. Lo relevante no es la presencia o ausencia de menstruación, sino el hecho de que existe un fin definitivo de la capacidad reproductiva, seguido —en algunos casos— por una etapa de vida prolongada. Y es ahí donde la biología evolutiva comienza a hacer preguntas incómodas para nuestra visión cultural: ¿por qué una hembra dejaría de reproducirse si aún tiene años de vida por delante?

En algunas especies de cetáceos —como orcas, belugas, narvales o ballenas piloto— este patrón está claramente documentado. Las hembras dejan de reproducirse aproximadamente a la mitad de su vida, pero continúan viviendo durante décadas. Lejos de quedar al margen, asumen roles centrales dentro del grupo: lideran desplazamientos, transmiten conocimiento ecológico, guían la búsqueda de alimento y aumentan la supervivencia del colectivo, especialmente en contextos de crisis.

Un paper publicado en Cell (2023) propone precisamente ampliar la forma en que entendemos este fenómeno. En lugar de centrarse en si una especie “tiene menopausia” en términos estrictos, los autores plantean una pregunta más amplia: ¿cuántas especies viven significativamente más allá del fin de su vida reproductiva? Desde esta perspectiva, el cese reproductivo femenino podría ser mucho más común entre los mamíferos de lo que se pensaba, aunque no siempre vaya acompañado de una larga vida post-reproductiva como en humanos u orcas.

Este enfoque es clave porque desplaza la conversación desde la excepción hacia el patrón. Sugiere que la vida post-reproductiva no es necesariamente un error evolutivo, sino una estrategia flexible que puede emerger bajo distintos contextos ecológicos, sociales y energéticos.

En paralelo, un artículo publicado en Science cuestiona la idea de que la llamada “hipótesis de la abuela” sea la única explicación válida para la menopausia humana. Si bien esta hipótesis plantea que las hembras post-reproductivas aumentan el éxito evolutivo ayudando a criar nietos, la evidencia sugiere que el cese reproductivo puede ocurrir incluso en especies donde no existe cuidado prolongado de descendencia. Es decir, no siempre hay un rol maternal indirecto que lo explique.

Esto abre una posibilidad incómoda, pero liberadora: quizás la menopausia no necesita justificarse por su utilidad inmediata. Quizás no todo en biología existe para “servir” de manera evidente.

Entonces, si el cese reproductivo no es una falla, ni una rareza extrema, ni un sacrificio sin sentido, ¿por qué en los humanos se vive tantas veces como una pérdida?

La respuesta parece estar menos en el cuerpo y más en el sistema simbólico que lo rodea.

En las especies animales donde existe vida post-reproductiva, el cambio de rol es claro. El cuerpo cambia, la función cambia, y la comunidad se reorganiza en torno a esa transformación. No hay una narrativa de déficit. No hay una urgencia por volver atrás. El proceso ocurre y el grupo lo integra.

En nuestra cultura, en cambio, la menopausia sucede en un vacío simbólico. No existen ritos claros, ni relatos colectivos, ni roles socialmente reconocidos que acompañen esta transición. A esto se suma una fuerte medicalización del proceso, que tiende a reducirlo a síntomas hormonales —sofocos, insomnio, cambios de ánimo— reforzando la idea de que algo dejó de funcionar correctamente.

Vivimos en una cultura que entiende el valor en términos de rendimiento continuo. En ese marco, una etapa que no produce hijos, no expande capital biológico y no encaja con el ideal de juventud prolongada resulta difícil de sostener. No porque sea inútil, sino porque no sabemos qué hacer con ella.

Tal vez por eso la menopausia incomoda tanto: porque nos enfrenta a una verdad que nuestra cultura evita. Que el cuerpo no está diseñado para mantenerse siempre igual. Que hay ciclos. Que hay cierres. Y que no todos los cambios necesitan ser solucionados.

Mirar a los animales no implica idealizarlos ni romantizar sus dinámicas. Implica recordar que la biología no responde a nuestras narrativas culturales. En ellos, la transición post-reproductiva no se patologiza. El cuerpo cambia, la energía se redistribuye y el rol se transforma. La comunidad lo reconoce.

Quizás integrar la menopausia no sea solo una tarea individual, sino colectiva. Requiere revisar cómo entendemos el valor, el tiempo, la vejez, la experiencia y el cuerpo femenino. Requiere aceptar que no toda transformación es una pérdida, y que no toda etapa necesita una respuesta inmediata.

Tal vez, como ocurre en otras especies, el verdadero desafío no está en frenar el proceso, sino en permitir que el rol cambie, que la energía se reorganice y que esta etapa tenga, por fin, un lugar legítimo dentro de la vida social.

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